jueves, 13 de octubre de 2016

Disfrazados

Supongamos que aún no nos hemos perdido,
que aún caben nuestros sueños en el tiempo.
Supongamos por un momento que aún no nos hemos rendido,
que aún caben las fuerzas en nuestro tiempo.

Quizás nada de lo que quisimos ocurrió como quisimos, quizás todo parezca un cuento de mal gusto, escrito por un loco escritor, que nada sabía de le Felicidad.
Vemos a la gente pasar a nuestro alrededor, todos con sus ajetreadas vidas. Todo y todos pasan, ¡corre que no hay tiempo! Y a lo lejos se van, se llevan tu tiempo y tus ganas.
Yo aún no he conocido al tiempo, o al menos no lo reconozco. Claro que a veces pienso que he debido pasar continuamente por el tiempo, pues ya no soy el mismo ni me veo igual. Mi cuerpo ha cambiado y mi mente ha cambiado, así como lo ha hecho mi entorno. No hay lugar a dudas, he pasado por el tiempo, demasiado deprisa tal vez. Sin embargo, tal vez el tiempo no haya pasado por mi, al menos no con la misma intensidad con la que yo he pasado por él. Aquello que dicen de vivir sin estar vivo, o estar vivo sin vivir. Aquello que cuentan de abrazar el tiempo, de conocerlo y tutearlo, sentir que ha pasado por cada rincón de tu cuerpo de la misma forma en que tú has recorrido cada una de sus grandes calles y escuchado cada uno de sus misterios. Tal vez el tiempo no sea así. Tal vez nada es lo que parecía, y la vida no es lo que esperábamos. Quizás somos muy exigentes con la vida y lo somos muy poco con nosotros mismos. Quizás no estuvimos a la altura, y quizás seguimos sin estarlo.

He oido que el tiempo no debe ser perseguido, ni se debe desear encarcelarlo en nuestras torpes y egoístas manos. Dicen que el tiempo se deja encontrar, si eres capaz de sentarte y esperar en el lugar más hermoso que puedas imaginar y crear el momento más perfecto que puedas crear.

He oído a ancianos decir que no existe la felicidad, que tan solo es una bella palabra creada para enloquecer a los necios, y asegurarse de que jamás puedan dejar de perseguir su locura. Y luego, en una noche fría, lees los versos de un poeta enamorado, y te preguntas si aquellos ancianos llegaron alguna vez a sentir lo que sitió el necio que eligió perseguir su locura hasta encontrarla.

Supongamos que aún no hemos enloquecidos,
supongamos que aún podemos disfrazar el camino.
Y que hoy, en la orilla de esta playa, fundiremos nuestra locura en la arena,
para entregársela al tiempo.

jueves, 12 de junio de 2014

Diecisiete años

Hace unos días, se cumplía un año de tu marcha.
Una marcha que cerraba el telón de una gran historia de amistad. Una gran historia de 17 años.
De mis 22 años, 17 los pasé contigo. Eres muy probablemente lo mejor que me ha pasado.

Desde entonces siempre pienso en escribirte algo bonito, algo grande, pero sencillamente no puedo.

Beethoven, no te olvido.
No lo haré nunca.
Sencillamente, no puedo.


lunes, 7 de abril de 2014

A la espera de un nuevo final

"My own" - Whitaker


Algunas personas vivimos intensamente cada final, el de cada cosa que se cruce por nuestra vida. Sin pensarlo mucho, debemos aceptar que son muchos los finales por los que tenemos que pasar, existe un final para cada principio.

Ese peinado que te queda tan bien, esa camiseta tan chula que te regaló tu abuelo, ese amigo que conociste con cinco años, esa noche loca de risas y llantos con tu grupo de gente favorito, esa conversación tan interesante que tuviste acerca de tal o cuál político, esa serie que tanto te gusta, esa novela que te apasiona, esa persona que te hace olvidarlo todo. No importa en qué quieras pensar, pues si ha empezado, tendrá que terminar. Nada perdura en el infinito, ni siquiera si consideramos infinita la duración de nuestra vida.
Ten por cierto que cada cosa que empieces, tendrás que acabar. Cada persona con la que te cruzas, tendrás que perderla de vista y, algún día, olvidarla.

Por fortuna no solemos ser conscientes de esta aterradora realidad mientras intentamos vivir y disfrutar de todo y todos los que nos rodean, pero cuando estamos solos y abrimos las ventanas de nuestra mente, de nuestros recuerdos, la triste realidad nos golpea con todas sus fuerzas.

Algunas personas vivimos intensamente cada final, el de cada cosa que se cruza por nuestra vida. Cada final desgarra nuestra alma en mil pedazos, dejándonos desnudos ante miedos y tristezas. Cada final saca a la luz nuestro ser más indefenso, sin máscaras, sin mentiras, sin protección. Cada final se lleva una pequeña parte de nosotros, una pequeña parte que permanece con aquello con lo que nos despedimos.

Dicen que te acostumbras a todo. Debemos suponer, por lo tanto, que cada final sería aceptado mejor... aunque quién sabe, tal vez sea sólo un pretexto para intentar no temerle al próximo final.
Una vez me dijiste que tú no creías en los finales. Una vez me dijiste que siempre intentarías evitar los finales.
Hoy, a kilómetros de mi, sin saber nada de ti, me pregunto qué contestarías a aquella pregunta que en su día formulé. Seguramente agacharías la cabeza y me dirías que nunca puede saberse qué pasará. Seguramente yo volvería a darte la razón.

Algunas personas vivimos intensamente cada final, el de cada cosa que se cruza por nuestra vida. Tal vez por eso, muchas veces preferimos no escribir un principio... y así, tal vez, no perder un trocito de nosotros cada vez que se llega al final.
Un final que duele más, cuanto más inesperado y simple sea, como el punto que termina esta historia.