jueves, 12 de junio de 2014

Diecisiete años

Hace unos días, se cumplía un año de tu marcha.
Una marcha que cerraba el telón de una gran historia de amistad. Una gran historia de 17 años.
De mis 22 años, 17 los pasé contigo. Eres muy probablemente lo mejor que me ha pasado.

Desde entonces siempre pienso en escribirte algo bonito, algo grande, pero sencillamente no puedo.

Beethoven, no te olvido.
No lo haré nunca.
Sencillamente, no puedo.


lunes, 7 de abril de 2014

A la espera de un nuevo final

"My own" - Whitaker


Algunas personas vivimos intensamente cada final, el de cada cosa que se cruce por nuestra vida. Sin pensarlo mucho, debemos aceptar que son muchos los finales por los que tenemos que pasar, existe un final para cada principio.

Ese peinado que te queda tan bien, esa camiseta tan chula que te regaló tu abuelo, ese amigo que conociste con cinco años, esa noche loca de risas y llantos con tu grupo de gente favorito, esa conversación tan interesante que tuviste acerca de tal o cuál político, esa serie que tanto te gusta, esa novela que te apasiona, esa persona que te hace olvidarlo todo. No importa en qué quieras pensar, pues si ha empezado, tendrá que terminar. Nada perdura en el infinito, ni siquiera si consideramos infinita la duración de nuestra vida.
Ten por cierto que cada cosa que empieces, tendrás que acabar. Cada persona con la que te cruzas, tendrás que perderla de vista y, algún día, olvidarla.

Por fortuna no solemos ser conscientes de esta aterradora realidad mientras intentamos vivir y disfrutar de todo y todos los que nos rodean, pero cuando estamos solos y abrimos las ventanas de nuestra mente, de nuestros recuerdos, la triste realidad nos golpea con todas sus fuerzas.

Algunas personas vivimos intensamente cada final, el de cada cosa que se cruza por nuestra vida. Cada final desgarra nuestra alma en mil pedazos, dejándonos desnudos ante miedos y tristezas. Cada final saca a la luz nuestro ser más indefenso, sin máscaras, sin mentiras, sin protección. Cada final se lleva una pequeña parte de nosotros, una pequeña parte que permanece con aquello con lo que nos despedimos.

Dicen que te acostumbras a todo. Debemos suponer, por lo tanto, que cada final sería aceptado mejor... aunque quién sabe, tal vez sea sólo un pretexto para intentar no temerle al próximo final.
Una vez me dijiste que tú no creías en los finales. Una vez me dijiste que siempre intentarías evitar los finales.
Hoy, a kilómetros de mi, sin saber nada de ti, me pregunto qué contestarías a aquella pregunta que en su día formulé. Seguramente agacharías la cabeza y me dirías que nunca puede saberse qué pasará. Seguramente yo volvería a darte la razón.

Algunas personas vivimos intensamente cada final, el de cada cosa que se cruza por nuestra vida. Tal vez por eso, muchas veces preferimos no escribir un principio... y así, tal vez, no perder un trocito de nosotros cada vez que se llega al final.
Un final que duele más, cuanto más inesperado y simple sea, como el punto que termina esta historia.